viernes, 14 de octubre de 2011

Ya he tirado las fichas de mi ajedrez...


Movemos peones. Sabemos que son piezas prescindibles, las movemos sin más. No esperamos ganar así, y tampoco perder. Pero dejamos al descubierto al resto de figuras.
Te ataco con una torre, te defiendes con un alfil. Casi pelean, casi bailan. Están ahí, en el tablero, pero no están. Del impacto las dos fichas caen y se alejan.
Volvemos al ataque de peones sin sentido. Ataques cariñosos, apenas son unas caricias imperceptibles que derriban nuestras defensas sin que nos demos cuenta.
Los caballos echan una carrera: el tuyo más ágil, el mío más imprevisible. Ardua batalla. Y se olvidan de cubrir al rey. Se van, sin más.
El rey, majestuoso, observa su privilegiada (¿o quizá débil?) posición. Se jacta de su 
adversario, que no se acerca a él. Lo observa desde su puesto seguro. E incluso se atreve a permitir a la reina que se aleje de él.

Pero no cuenta con el factor sorpresa. El jugador se cansa del juego y tira las fichas al suelo. Ese mundo de las fichas nunca existió, si no era en su cabeza. Él ideaba las jugadas y él las resolvía victoriosamente. Porque jugaba solo, porque nadie podía contraatacarle. Se cansó de pensar en jugadas y quiso vivir. 

Quiso ser ese rey indefenso en su propio tablero. Quiso encajar los golpes en vez de esquivarlos.
"Porque no hay mayor error que el silencio, por eso chilla. Pues prefiero ver el fin de pie que vivir de rodillas." (Zpu)

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